El Verjón: Un Día para Nosotras
Cuidando a quienes cuidan: las cuidadoras del Verjón
Redacción TABOSE

Un 4 de julio, en una vereda rural de Santa Fe, se tejió un encuentro que las mujeres pedían desde hace años.
Antes del mediodía
Antes del mediodía, el salón comenzó a llenarse. No fue un ingreso masivo. Fue lento, cauteloso. Una mujer llegaba, luego otra, miraban el lugar con curiosidad. Algunas venían solas. Otras con amigas. Algunas traían a sus hijas. En El Verjón, una vereda rural de la localidad de Santa Fe, había algo inusual ese 4 de julio: un espacio hecho solo para ellas.
Las mujeres que llegaban eran campesinas. Trabajadoras. Llevaban décadas en ese territorio sosteniendo casas, criando hijos, cuidando a sus padres, trabajando la tierra. Son las que se despiertan antes de que salga el sol. Las que no paran. Las que raramente se sientan a pensar en sí mismas.
El cuidado que faltaba
La iniciativa llegó de la mano de la Alcaldía de Santa Fe y el operador "Escalando Futuro", bajo el proyecto "Mujer – CPS 423-2025". La idea era simple pero potente: una feria de servicios integral donde las mujeres cuidadoras pudieran, finalmente, ser cuidadas. Donde pudieran consentirse en colectivo, acompañadas por otras que entienden lo que significa una vida de cuidar sin descanso.
La música fue lo primero que notaron. No la música de fondo que pasa en cualquier lado, sino música de verdad, que invitaba a respirar diferente. Mientras sonaba, las mujeres se encontraban con espacios de cuidado que pocas veces habían experimentado. Cuidado de uñas y manicure. Algo tan simple y tan raro para ellas. Mujeres con manos ásperas de trabajar vieron sus uñas recibir atención. Vieron sus manos tratadas con cuidado. Algunas sonreían sin saber bien por qué.
Había también talleres de terapia ocupacional, espacios donde trabajaban en su propio autocuidado desde una perspectiva diferente. No era un consultorio. Era conversación, movimiento, reconocimiento de lo que sus cuerpos necesitaban.
Las plantas del territorio como medicina
Lo que más resonó fue el cuidado medicinal a través de las plantas del territorio. No era tecnología ajena. Era lo que tenían en sus propias veredas, en sus patios, en lo que conocían. Las facilitadoras mostraban cómo usar esas plantas para dolores, para el estrés, para el cansancio. Formas asequibles de cuidarse. Algunas mujeres tomaban notas cuidadosas. Otras simplemente escuchaban, memorizando. Se iban con recetas simples que podían hacer en sus casas.
Una mujer preguntó sobre un dolor que llevaba años soportando. Otra compartió que nunca había pensado que tuviera derecho a cuidarse. Las conversaciones fluyeron de manera natural, sin prisa. Mientras algunas recibían manicure, otras escuchaban sobre plantas. Mientras una recibía terapia ocupacional, otra descubría algo sobre sí misma en una conversación con una vecina.

Lo que no se puede callar: violencia y derechos
Pero la feria no fue solo consentimiento. Fue también empoderamiento. El sector mujer que opera a través de las manzanas de cuidado en la ciudad llegó con un mensaje urgente: información sobre cómo identificar y denunciar discriminación y violencias hacia las mujeres, especialmente aquellas motivadas por razones de género.
Fue una dimensión que transformó la jornada. En zonas rurales, la información sobre derechos pocas veces llega. Las mujeres supieron dónde llamar. Tuvieron números de contacto. Conocieron que hay lugares donde acudir. Que no están solas. Que lo que viven tiene nombre y tiene salida.
Mientras se consentían en colectivo, mientras la música sonaba de fondo y sus manos recibían cuidado, también se empoderaban. Eso no fue accidental. Fue el diseño: cuidar el cuerpo y la dignidad al mismo tiempo.
El encuentro que faltaba
Lo más profundo de esa mañana no fue lo que se hizo, sino lo que sucedió entre ellas. En veredas rurales, el trabajo es solitario. Cada una en su casa, en su finca. No hay espacios para encuentro. No hay tiempo.
Ese día, mujeres que viven en el mismo territorio pero que raramente conversan se encontraron. Se reconocieron. Descubrieron que otras vivían situaciones similares. Que no estaban solas. Que sus historias se tejían juntas.
Una abuela conversaba con una joven. Una campesina de toda la vida escuchaba a otra contar sus sueños. Había risa. Había silencio cómodo. Había el reconocimiento callado de que todas entendemos lo que significa sostener.

Lo que pidieron
Cuando terminó la jornada, las mujeres hicieron una petición clara: que volviera. Que se repitiera. Que ese espacio no fuera un evento aislado, sino algo que regresara.
Lo que sucedió en El Verjón el 4 de julio fue lo que el territorio pedía desde hace tiempo: un espacio donde quienes dedican sus vidas a cuidar pudieran ser cuidadas. Donde supieran que merecen atención. Que sus derechos importan. Que su dignidad es prioritaria.
La Alcaldía de Santa Fe y "Escalando Futuro" escucharon esa demanda y actuaron. En una zona rural donde los servicios pocas veces llegan, donde las mujeres sostienen el territorio sin que nadie lo vea, eso es más que un evento. Es un reconocimiento. Es un paso. Es cuidado.