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El fútbol como coartada: Por qué amplificamos la estupidez online

Por Tatiana Bonilla

Ilustración editorial de Kylian Mbappé celebrando con el puño en alto

Cuando una senadora paraguaya lanzó insultos racistas contra Kylian Mbappé tras la derrota de su país en el Mundial, no estaba simplemente descargando la "calentura del momento" en redes sociales. Estaba haciendo lo que ha aprendido a hacer exitosamente en la era digital: convertir la rabia deportiva en un megáfono para la toxicidad, con la seguridad de que la audiencia estaría ahí, lista para amplificar, compartir y alimentar el engranaje de la viralidad. Y así ocurrió. Lo que debería haber quedado como un acto aislado de ignorancia se transformó en un fenómeno internacional que derivó en investigaciones judiciales en Francia.

Este es el espectáculo de nuestro tiempo: figuras públicas descubrieron hace años que el racismo genera alcance. No necesitan argumentar, persuadir ni construir nada. Solo provocar. Solo insultar. El fútbol, ese campo donde las pasiones hierven a fuego abierto, se convierte en la excusa perfecta, en el camuflaje social que permite decir lo que en otros contextos resultaría inaceptable. "Era solo calentura", dirán algunos defensores. Como si los insultos racistas fueran menos racistas cuando están condimentados con adrenalina y frustración deportiva.

Pero el verdadero problema no es la senadora. Es que funciona.

La economía de la estupidez

Los algoritmos de las redes sociales no discriminan entre la verdad y la mentira, entre la razón y el odio. Lo que sí discriminan es entre lo aburrido y lo provocador. Un tuit que cuestiona respetuosamente las políticas públicas obtiene cien interacciones. Un insulto racista viralizante obtiene cien mil. Rebotes, defensas acaloradas, indignación generosa, análisis "contextual" del problema. Todos alimentan la máquina. Todos le dan relevancia a quien carecería de ella de cualquier otra forma.

La senadora descubrió, como lo han hecho influencers, políticos, comentaristas deportivos, que la audiencia digital está estructurada para recompensarla. Nuestros algoritmos premian la polarización porque mantiene a las personas en la plataforma. Mientras nos indignamos, hacemos clic. Mientras condenamos, compartimos. Mientras decimos "esto no debería estar aquí", lo amplificamos a millones de personas que no lo hubieran visto de otra forma.

Es un ciclo perverso del que somos cómplices cada vez que participamos. No por complicidad deliberada, sino por la arquitectura misma de estas plataformas que convirtieron la atención en moneda y la provocación en producto.

La ausencia de consecuencias

Lo más perturbador no es que esto suceda. Es que casi nunca hay consecuencias reales para quienes lo hacen. Un tuit racista de una senadora, investigación judicial, algo de repudio en medios... y luego ¿qué? La senadora sigue siendo senadora. Mantiene su poder, su plataforma, su influencia. Para ella, esto fue un "momento de calentura" que le dio más relevancia de la que jamás hubiera conseguido de otra forma.

Mientras tanto, los jóvenes que ven a figuras públicas racistas impunes aprenden una lección clara: en la esfera digital, la provocación racista no tiene precio. Tiene ganancias. Tiene audiencia. Tiene poder.

Las instituciones políticas y las plataformas tecnológicas han fallado en establecer consecuencias proporcionales. No se trata de censura, sino de responsabilidad. Cuando una figura pública lanza discursos de odio, especialmente con base racial, la democracia requiere que exista un costo real. Pero ese costo está ausente. Lo que hay es una permisividad tácita, una normalización progresiva de la toxicidad que viene desde arriba.

La salida es incómoda

No hay una solución simple aquí. No se trata solo de "dejar de amplificar" estos mensajes, como si eso fuera posible en la era de la viralidad. Se trata de que las plataformas rediseñen sus incentivos. De que las instituciones políticas realmente sancionen el racismo. De que la audiencia entienda que cada clic, cada compartida, cada "miren lo que dijo", contribuye a darle poder a la estupidez.

El fútbol no es el problema. Perder un partido tampoco lo es. El problema es un sistema que ha aprendido a lucrar con la toxicidad, que ha descubierto que la provocación racista es un producto rentable, y que sistemáticamente ha eludido poner freno a esto.

Mientras eso no cambie, seguiremos viendo senadores insultando jugadores, audiencias indignadas amplificando el mensaje, y plataformas luciendo mientras el discurso de odio se normaliza un poco más. El fútbol será solo el pretexto. La verdadera cancha es la que hemos construido juntos, sin darnos cuenta, con cada clic.