En un salón de clase, los conflictos también enseñan
Redacción TABOSE

En un salón de clase, un desacuerdo puede empezar por algo pequeño: una palabra mal dicha, una mirada que se interpreta como provocación, un objeto que alguien tomó sin permiso o una broma que dejó de ser divertida.
Lo importante no siempre es evitar que el conflicto exista. Muchas veces, el verdadero aprendizaje está en descubrir qué hacer cuando aparece.
Esa es una de las apuestas que se viene desarrollando en los colegios Aulas Colombianas, sede Vitelma, y Antonio José Uribe, sede A, en la localidad de Santa Fe, en el marco del proyecto "Fortalecimiento Comunitario y Formación Ciudadana para la Seguridad y Convivencia Sostenible en Santa Fe" – CPS 437-2025, ejecutado por el Consorcio Santa Fe Convive.
TABOSE acompaña este proceso como medio vinculado a la estrategia de divulgación del proyecto, registrando cómo estas acciones se traducen en experiencias concretas dentro de las instituciones educativas.
Al frente de varios de estos encuentros está Karen Cortez, tallerista y profesional encargada de liderar espacios orientados a fortalecer la convivencia escolar a partir de una idea sencilla, pero poderosa: los niños y las niñas también pueden asumir un papel activo en la resolución de sus conflictos.
No como espectadores.
No esperando siempre que un adulto diga quién tuvo la culpa.
Sino aprendiendo a interpretar lo que ocurre, reconocer su propia manera de reaccionar y construir puentes de diálogo.

Durante los talleres, el conflicto deja de verse únicamente como un problema que debe evitarse y empieza a entenderse también como una oportunidad de aprendizaje.
¿Qué hice frente a esta situación? ¿Cómo reaccioné? ¿Qué pudo haber sentido la otra persona? ¿Había otra manera de responder? ¿Qué puedo hacer ahora para reparar o transformar lo ocurrido?
Preguntas como estas permiten que los estudiantes se acerquen a la convivencia desde un lugar distinto.
El objetivo no es enseñarles a quedarse callados ni a aceptar todo lo que ocurre. Tampoco se trata de trasladarles responsabilidades que corresponden a los adultos. Se trata de ofrecer herramientas para que puedan identificar situaciones de tensión, expresar lo que sienten, escuchar otras versiones y comprender que sus decisiones también tienen consecuencias.
Esa capacidad trasciende el colegio.
Porque aprender a resolver un desacuerdo con un compañero también puede transformar la manera en que un niño enfrenta un conflicto en su casa, en su barrio o en otros espacios de su vida cotidiana.

En territorios atravesados por múltiples dificultades sociales y económicas, estos aprendizajes adquieren un valor especial. Los niños y niñas no llegan a la escuela desconectados de su contexto. Llegan con historias, preocupaciones, formas de relacionarse y maneras de reaccionar que también se han construido en los lugares que habitan.
Por eso, generar espacios donde puedan detenerse a mirar una situación desde otro lugar abre posibilidades.
Karen Cortez propone ejercicios en los que los estudiantes pueden reconocer distintos roles dentro de un conflicto, escuchar otras perspectivas y explorar alternativas antes de responder impulsivamente.
El aprendizaje aparece entonces en lo cotidiano.
En esperar el turno para hablar.
En descubrir que escuchar no significa estar de acuerdo.
En reconocer que una reacción puede empeorar una situación.
En entender que asumir responsabilidad no es humillarse, sino reconocer qué parte de nuestras acciones sí podemos transformar.
Las intervenciones se articulan previamente con las instituciones educativas, cuyas directivas identifican necesidades particulares de convivencia dentro de sus comunidades. A partir de allí, los contenidos y metodologías buscan responder a esas realidades específicas.
Desde TABOSE, acompañar estos encuentros permite observar algo que muchas veces se pierde detrás de los nombres de los proyectos y los números de los contratos: las políticas públicas cobran sentido cuando llegan a la vida cotidiana.
Cuando un niño aprende a detenerse antes de reaccionar.
Cuando una niña descubre que puede expresar un desacuerdo sin recurrir a la agresión.
Cuando dos estudiantes comprenden que conversar no garantiza pensar igual, pero sí puede evitar que el conflicto crezca.
Fortalecer la convivencia también empieza ahí.
En enseñar que siempre existen otras maneras de responder.
Y que construir paz, incluso en los espacios más pequeños, también es aprender a hacerse responsable de la forma en que nos relacionamos con los demás.